Recopilación de Juan José Morales Ruiz y Luis Jorge García Dueñas.

Por María Montessori

“Era el seis de enero de 1906,- escribe María Montessori -, cuando se inauguró la primera escuela para niños normales de tres a seis años, no con mi método, pues no existía todavía; pero se inauguró aquella escuela donde mi método debía nacer poco después. Aquel día no se componía más que de unos cincuenta chiquillos pobrísimos, de aspecto rústico y tímido; algunos lloraban; casi todos hijos de analfabetos y sometidos a mis cuidados. El proyecto inicial era reunir a los hijos de los inquilinos de una cada de vecindad, en un barrio obrero, para impedir que quedaran abandonados por las calles y las escaleras, ensuciando las paredes y sembrando el desorden. En la misma casa se dispuso una habitación para este objeto y fui encargada de esta institución, que “podría tener un excelente porvenir”. Por una sensación indefinible, sentí confusamente en mi interior que se iniciaba una obra grandiosa de la que hablaría todo el mundo; así se anunció con énfasis, en la inauguración.

“Las palabras de la Liturgia que en aquel día de la Epifanía se leen en la Iglesia, parecían un augurio y una profecía: “mientras la tierra se hallaba cubierta por las tinieblas, apareció la estrella del oriente, cuyo resplandor guiaba a la multitud” Todos los que acudieron a la inauguración quedaban asombrados y se decían ¿por qué la Montessori exagera tanto la importancia de un asilo para niños pobres? Comencé mi obra como un campesino que hubiera guardado separadamente la buena semilla y le ofrecieran un campo fecundo donde sembrarla con toda libertad. Pero no fue así, apenas removí los terrones de aquella tierra virgen, encontré oro en lugar del grano. La Tierra ocultaba un tesorero precioso. Ya no era el aldeano que habíase imaginado: era como el talismán que Aladino tiene entre las manos, sin saberlo, una llave capaz de descubrir inmensos tesoros ocultos. En efecto, mi acción sobre aquellos niños normales, me aportó una serie de sorpresas; será muy interesante conocer esta fábula maravillosa. Es lógico comprender que los medios que habían dado excelentes resultados con los niños deficientes debían constituir un verdadero talismán para el desarrollo de los niños normales y que todo lo que había tenido éxito en el tratamiento de espíritus débiles, en la rectificación de inteligencias falseadas, contuviera los principios de higiene intelectual, capaces de auxiliar los espíritus normales para su crecimiento robusto y recto.

“Todo esto no tiene nada de milagroso, y la teoría educativa que se ha derivado de ello es lo que se puede construir de más positivo y científico, para persuadir a los espíritus equilibrados y prudentes. Pero he de confesar que los primeros resultados me sorprendieron extraordinariamente y con frecuencia me llenaban de incredulidad. Aquellos objetos que presentaban a los niños normales no ejercían el mismo efecto que sobre los niños deficientes; mientras que aquellos eran seducidos inmediatamente por los objetos, necesitaba desplegar toda mi persuasión para invitar a los niños a que se ocuparan de ellos. El niño normal era atraído por un objeto, fijaba sobre el mismo toda su atención, y se ponía a trabajar sin descanso, con una concentración sorprendente. Y después de trabajar aparecía entonces satisfecho, feliz y reposado. Era una impresión de reposo que emanaba de aquellos pequeños semblantes serenos, de ojos brillantes de satisfacción, después de haber desarrollado un trabajo espontáneo. Aquellos objetos eran como la llave de un reloj, cuando se le ha dado cuerda durante unos instantes, el péndulo continúa su movimiento durante largas horas. El niño después del trabajo se sentía más fuerte y sano de espíritu que antes de realizar el trabajo. Durante mucho tiempo fui incrédula, hasta convencerme de que no era una ilusión. A cada nueva experimentación que me confirmaba la verdad de aquellos hechos, me decía en mi interior: “Ahora no lo creo todavía, lo creeré más adelante” Y así permanecí incrédula durante largo período, aunque conmovida y temblorosa.

¡Cuántas veces la maestra de los niños recibía mis reproches, cuando me explicaba lo que los niños habían realizado! “No me venga con fantasías”, le decía con severidad; y recuerdo que la maestra replicaba sin ofenderse y conmovida hasta verter lágrimas: “Tiene usted razón, cuando veo estas cosas, pienso que serán los santos ángeles que inspiran a estos niños”. Con gran emoción un día, apoyando mi mano sobre el corazón, como para animarle a seguir en su fe, y pensando respetuosamente en aquellos niños, me decía “¿Quién sois?” ¿He encontrado quizás aquellos niños que estuvieron entre los brazos de Cristo y que inspiraron sus divinas palabras? “Aquél que reciba en mi nombre a uno de estos niños, me recibirá a mí”: “si no sois niños de espíritu no entraréis en el Reino de los Cielos.” La casualidad me hizo encontrarles. Eran niños tímidos y llorosos, tan miedosos que no se atrevían a pronunciar palabra alguna. Sus semblantes carecían de expresión, sus ojos de vida. En efecto, eran niños pobres, abandonados, que vivían en casas destartaladas y oscuras, sin cuidados ni estimulantes, con alimentación deficiente. Tenían urgente necesidad de alimentación, aire y sol. Eran verdaderas flores cerradas, pero sin frescor: almas ocultas dentro de envolturas herméticas. Sería interesante conocer las condiciones primitivas que permitieron la transformación impresionante de aquellos niños; la aparición de niños nuevos, cuya alma se manifestó con un resplandor tal, que dispersó su luz por el mundo entero.

“Debían ser condiciones singularmente favorables para realizar “la liberación del alma del niño”. Debían destruirse todos los obstáculos represivos, pero ¿quién podría imaginar cuáles eran aquellos obstáculos represivos? ¿Y cuáles serían las circunstancias favorables y necesarias para que se exteriorizaran aquellas almas ocultas? Muchas de estas condiciones hubieran parecido negativas y contrarias a una finalidad tan elevada. Empecemos por la condición de las familias de los niños. Pertenecían las más bajas clases sociales; pues sus padres no eran verdaderos obreros, sino gente que buscaba de día en día una ocupación pasajera y, por consiguiente, no podían ocuparse de sus hijos. Casi todos eran analfabetos. No siendo posible encontrar una verdadera maestra para ocupar aquel cargo sin porvenir, se pensó en ofrecerlo a la hija del portero, para que vigilara a los chiquillos, pero se dirigieron a una persona más culta, la cual había seguido algunos estudios para maestra hacía algún tiempo y que entonces trabajaba como obrera, no teniendo ambición ni preparación alguna. No nos hallábamos ante una verdadera obra social (o de beneficencia) fundada por un municipio, con subvenciones para su sostenimiento. (No había presupuesto). Los niños eran recogidos únicamente para evitar que pintaran las paredes de la casa y evitar reparaciones en el edificio.

“Los únicos gastos posibles eran los ordinarios en una oficina de escasos recursos; es decir, los muebles y objetos absolutamente necesarios. Se comenzó por fabricar muebles y adquirir algunos objetos.  La Casa dei Bambini no era una verdadera escuela: era una especie de máquina de contar puesta a cero al iniciarse una labor. Sin medios para crear el ambiente. Se preparó un mobiliario sencillo como el de un escritorio o de una habitación cualquiera de una casa. Al mismo tiempo hice fabricar un material científico exactamente igual al que yo usaba en una institución de niños anormales, el cual, por haber sido utilizado a este objeto nadie pensó que pudiera llegar a ser un material escolar.

“No hay que imaginar que el “ambiente” de la primera Casa dei Bambini los niños fuera amable y gracioso como el que presentan en la actualidad estas instituciones. Los muebles más importantes eran una robusta mesa para la maestra y un armario inmenso, cuyas puertas se cerraban con llave, que guardaba la maestra. Las mesas destinadas a los niños habían sido construidas bajo criterios de solidez y duración; eran bastante largas para que tres niños pudieran sentarse en fila; se colocaron unas detrás de las otras. La única innovación eran las pequeñas sillas individuales muy sencillas: una para cada niño. Faltaban las flores, que más tarde han llegado a ser una nota característica de nuestras escuelas. Un conjunto semejante no podía darme la ilusión de realizar una experimentación importante. Sin embargo, me interesaba desarrollar una educación racional de los sentidos, para controlar las diferencias de reacción entre los niños normales y los deficientes y sobre todo para buscar una correspondencia, que podría ser interesante, entre las reacciones de los niños normales más jóvenes y niños deficientes de más edad. No impuse ninguna condición especial a la maestra. Le enseñé únicamente a servirse del material sensorial, para que pudiera presentarlo de manera exacta a los niños y esto le pareció fácil e interesante. Pero no impedí el desarrollo de sus propias iniciativas.

“Así comenzó nuestra vida de paz y de aislamiento. Durante mucho tiempo nadie se ocupó de nosotras. Los sucesos principales de esta época los constituían cosas ínfimas. Mis intervenciones eran tan simples y pueriles, que nadie hubiera podido considerarlas desde un punto de vista científico. Su descripción completa necesitaría un volumen de observaciones, o mejor todavía, de descubrimientos psicológicos”.

MONTESSORI, María, El Niño El Secreto de la Infancia, Ámsterdam, Montessori-Pierson Publishing Company, 2013: 178 a 184.