Cristina Bujeda Fatás.  Alumna del Grado Superior de Secretariado

En la fauna de los negocios, la política o los eventos pueden distinguirse, fácilmente, a los grandes personajes; aquellos que son seguidos por las cámaras o los focos, los que encandilan a la multitud, los amos y señores de las situaciones.

Pero en aquella selva, si agudizamos los sentidos, podremos llegar a atisbar una serie de figuras etéreas, transparentes a las miradas, moviéndose, prácticamente de puntillas, apenas rozando las alfombras, los mármoles o los parquets, que ubicadas sin hacer sombra, ocupan su tiempo en el acopio, resumen y clasificación de información, vital en muchos casos para aquellos prohombres.

En el desarrollo de reuniones, mítines o acontecimientos, el imperceptible trasiego de aquellos seres ordena y analiza, en un espacio atemporal, una babel de preguntas, caras o micro gestos, desbrozando las ideas para que se ajusten a la planificación que, con anterioridad, ya consumió una parte de su vida.

Discretamente, un baile de cabezas que susurran palabras, efectúan un cortejo, casi un ritual. Ora una información, ora un dato, que se deja caer en unos oído inmóviles, acostumbrados al tono y al timbre de quien, inaudible, habla y que admiten lo dicho como una verdad incuestionable, fruto de una confianza plena.

A impulsos, minúsculas notas apenas legibles o codificadas en un místico lenguaje, recorren el microespacio que separa unos abigarrados cuadernos, de las espaldas erguidas ante ellos, siendo recogidas, sin movimiento aparente, por manos firmes, ávidas de esos conocimientos.

Imperceptibles miradas, mímicas sutiles y estudiados tics, crean una armoniosa danza en la que se sugieren contestaciones o enfoques, se requieren documentos, complicidades o hábiles escapatorias; momentos en los que las mentes se comunican entre sí, y anticiparse a las necesidades tienen un valor inmensurable.

Secretarias o asistentes, especimenes que, en su diario laborar, han de convertirse en escribas cuyos textos, impolutos y concisos, han de transmitir, sin rodeos, una realidad, un deseo o una orden; han de ser “la voz”, tan suave como dura, tan comprensiva como inflexible, de las necesidades de su entorno; han de permanecer siempre en el futuro, sin desconocer el pasado, adelantándose a las pretensiones de  quienes deciden. Son los cómplices y confidentes, los depositarios de los secretos del “templo”; los primeros en cometer errores y los últimos en recibir alabanzas.